TÍTULO: El duende de San Román: una leyenda de Campeche | 091026 AUTOR: Archivista CDM FECHA: 2026-10-09 URL: https://calledelmiedo.com/el-duende-de-san-roman/ ================================================================================ Ficha del Archivo Nombre del caso: El duende de San Román, el alux —duende maya de milpa y de casa— metido en el barrio colonial de Campeche. Clasificación: L031026-04. Lugar: Barrio de San Román, en San Francisco de Campeche, el barrio colonial al sur del centro amurallado. Zona específica: Calles coloniales del barrio —Galeana, 12, 14, el entorno del parque y el santuario—, patios, azoteas y entradas de casonas. Fecha o periodo: Tradición maya peninsular viva; el barrio se nombra desde la ermita de 1563, cuando se levantó el primer templo de San Román. La etnografía campechana del siglo XX y del XXI sigue oyendo al alux, el duende de milpa, en el campo y en casa. Tipo de fenómeno: Leyenda. Fuentes principales: M. Aranda, cronista campechano (1985), citado por Roberto Campos Navarro en «Los aluxes en la vida ceremonial maya», UADY. David de Ángel García, esbozos etnográficos de aluxo’ob en Campeche (Nunkiní, Tankuché, Calkiní; notas de travesuras también en núcleos urbanos). Román Piña Chan, Jaina: La Casa en el Agua, INAH, 1968. Diario de Yucatán (17 mayo 2026) sitúa el barrio y el santuario; no es fuente del ente. El patio de San Román, después del último perro Era de noche en el barrio de San Román, al sur del centro amurallado de San Francisco de Campeche, y esa hora no es el malecón: es callejón de casona, pasta en el piso, viga que cruje aunque nadie camine arriba. El parque y el santuario del Cristo Negro —la imagen del barrio, un Cristo de madera oscura que se venera ahí— quedan cerca; esa noche no entra al templo. Entra al patio. El que vive en una casa de Galeana o de la 14 conoce el orden de los ruidos: el vecino, el gato, la madera. Después del último perro, el orden se rompe: pasos cortos en el corredor y un silbido que no es de gente grande. La figura, cuando se deja ver, no llega a la rodilla del que está de pie. Sombrero, alpargata, cara de niño que ya no es niño. Cruza el patio como si el solar fuera milpa. Mueve un cubo, tira una piedra menuda, ríe donde no hay niño despierto. Si alguien maldice —el calor, el ladrido, la sombra— el aire del patio cambia: un remolino de basura seca, un grito raro en la azotea, la sensación de que la entrada de la casa ya no se siente de uno. El duende no se presenta con nombre de pila. El barrio le dice duende como la península le dice alux, el dueño chico de la milpa y de la casa. La persecución no llega al mar. Un ser de aire ocupa la casa vieja y pide que no se le hable feo. Quien ha oído al cronista sabe que la tolvanera y el remolino son su enojo. Quien ha oído al jmeen, el sacerdote maya que ensalma, sabe que el aire de casa se quita con primicia, la ofrenda de maíz y bebida, no con escoba. Esa noche no se oficia primicia: queda un patio de San Román y unos pasos que no corresponden al tamaño de nadie que viva ahí. Al primer gallo, el corredor vuelve a ser corredor. El que no durmió no inventa el tamaño: lo tuvo encima del suelo, a la altura de las rodillas. Fuente del relato Esto no lo inventamos. No hay en Diario de Yucatán ni en el INAH, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, una ficha que se titule «el duende de San Román» como caso único. Lo que sí hay es el alux campechano —duende de milpa, de cuyo y de casa vieja— y un barrio colonial donde esas travesuras se cuentan como en otros núcleos urbanos de la península. M. Aranda, cronista de Campeche en 1985, habla de duendes diminutos y traviesos que levantan remolino cuando oyen blasfemias. David de Ángel García, etnógrafo que recogió aluxo’ob en Campeche, anota también travesuras en casas citadinas. Román Piña Chan, arqueólogo del INAH, dejó las figurillas de Jaina, la isla de Campeche, que el pueblo lee como parientes de barro. Aquí la noche es de San Román. Esas fuentes no bautizaron a un vecino, y nosotros tampoco. «Estos duendes diminutos y traviesos provocan tolvaneras, remolinos, gritos raros y otros fenómenos, cuando se enojan al escuchar blasfemias y groserías provenientes de la gente que deambula en sus cercanías.» M. Aranda, cronista campechano (1985:85), citado por Roberto Campos Navarro en UADY — Los aluxes en la vida ceremonial maya. El duende mira de frente desde el patio; no es un niño, es el ente de la casa. La leyenda El duende de San Román es el alux, el dueño chico de la milpa maya, metido en barrio colonial: un cuerpo de niño de tres o cuatro años, sombrero y alpargata, casi siempre invisible, a veces de aire puro. Deambula después del sol en patios, cuyos y entradas de casa. No es el toro de la cueva que el mismo barrio también cuenta. Es más chico, más de casa, más de milpa que se quedó bajo la casona. Silba, tira piedras menudas y ríe. Si se le ofende, manda viento que enferma —escalofrío, calentura, aire de casa, aire de piedra—. Lo que hace es guardar o castigar. En el monte cuida elote y delata ladrón; en la ciudad colonial, el solar y la viga hacen de milpa. Se le deja comida o se le pide permiso al construir. Si no, enferma a la familia del comercio levantado sobre pedregal, como le explicaba un h’men, sacerdote maya que ensalma, de Hopelchén a Roberto Campos Navarro, el antropólogo que escribió sobre los aluxes en la vida ceremonial maya. El enojo se oye en remolino y en grito raro, que es lo que M. Aranda, cronista de Campeche en 1985, fijó para el estado. Se le teme porque una casona de San Román de madrugada ya cruje sola, y porque un dueño del terreno que no firma escrituras convierte cada piedra del patio en un borde que no es tuyo. El Cristo Negro, la imagen del santuario, está a dos calles; el duende no entra a esa jurisdicción. Se queda en el solar, donde el católico y el maya se pisan los pies. Origen, adquisición o manifestación El alux no se contrata como un fantasma de feria. Se le encuentra porque el terreno ya era suyo: cuyo, milpa, casa sobre piedra. Algunos dicen que nace de figurilla de barro —las de Jaina, la isla de Campeche cuyas muñecas de cerámica estudió Román Piña Chan para el INAH, el Instituto Nacional de Antropología e Historia—. Otros, que es antepasado metido en el montículo. En San Román, barrio de ermita desde 1563, cuando se levantó el primer templo, la casona ocupa suelo que fue monte. El duende llega con esa ocupación. No hay pacto de medianoche que lo cree; hay un solar que no se pidió por lo bajo. Prácticas de protección, control o defensa La primicia: sacá, balché —la bebida ritual de maíz y corteza—, pan de maíz, permiso al dueño del lugar. El h’men, el sacerdote maya que ensalma, quita el aire de casa y el aire de piedra. En lo cotidiano, no maldecir cerca del patio, no llamar al duende en voz alta, dejarle su rincón. Si se construye, se ofrenda. La escoba no basta; el Diario de Yucatán puede restaurar al Cristo Negro, no a este patio. El cuidado que el barrio sí entiende es no ofender a lo que silba a la altura de las rodillas. Origen y contexto de la leyenda del duende de San Román San Román de día es barrio de santuario, parque y casonas con patio. San Román es barrio de la villa de Campeche, patrono desde las suertes contra la langosta que anota Diego López de Cogolludo, el franciscano que en el siglo XVII escribió la historia de Yucatán, y santuario del Cristo Negro, la imagen de madera oscura que el Diario de Yucatán y el INAH atienden como culto, no como duende. Al lado de esa fe convive el alux que Roberto Campos Navarro, antropólogo de la UADY, describe con el diccionario Cordemex y el INI, el antiguo Instituto Nacional Indigenista: genio del bosque, niño con sombrero, aire que enferma, ofrenda de milpa. Mario Ruz, historiador de los mayas de Campeche, escribió El Campeche maya; David de Ángel García bajó a Nunkiní y al Camino Real y anotó que en ciudades como Campeche también salen notas de travesuras en viviendas. La Cueva del Toro —brujo o bestia del mismo barrio— es otra historia. Aquí el ente es el chico. Piña Chan, en Jaina, la isla de las figurillas, dejó el barro que la oralidad lee como alux. No se fuerza una crónica que no existe con título de «duende de San Román». Se pone la noche en las calles que sí son San Román y el cuerpo que sí es el duende peninsular. Interpretaciones y explicaciones a) Explicaciones racionales Madera vieja, gatos y viento de costa explican pasos cortos y silbidos en un patio cerrado. La enfermedad de «aire» ordena el malestar real —gripe, nervios, calor— en un dueño del solar. El turismo colonial pide duende como pide Cristo Negro: dos marcas del mismo barrio, distintos lugares de culto. Limitaciones. Eso explica la casa que cruje y el folclore que el turista pide junto al Cristo Negro. No le quita al barrio el detalle que Aranda y los etnógrafos repiten: tamaño de niño, remolino de enojo, aire que enferma. Quien no durmió en el corredor no debate si era metáfora del cuyo: debate al que le llegó a las rodillas. b) Interpretaciones culturales El alux en casona dice que San Román no borró el monte: lo tapó con pasta y viga. Blasfemia y grosería como detonante son control moral; el duende policía el habla del patio. Cristo Negro y alux se reparten la noche: uno en el santuario, el otro en el solar, sin que el Diario tenga que unirlos. Analogías El brownie inglés, duende de casa al que se le deja leche, se queda en el hogar si se le trata bien y se pone feroz si se le ofende. El kobold alemán guarda mina o hogar. El chaneque del Golfo, el dueño chico del monte, tuerce rumbos en la vereda. El parentesco es el dueño chico de la casa y del patio. La diferencia es la milpa maya y el aire que enferma: aquí el duende no es mascota de cuento europeo, es dueño del terreno que el barrio colonial todavía pisa. En La Calle del Miedo, Ánima sola pide sufragio católico, la misa del muerto. El alux pide primicia de maíz, la ofrenda del solar. No son el mismo culto. San Román los tiene a dos calles y esta noche le toca al más bajo. Testimonios y registros Se transmite en solares campechanos y, de cuando en cuando, en nota urbana. Los patrones que se repiten, cuando el cuento todavía es de patio y no de peluche de tienda, son estos: Pasos cortos y silbido en el corredor o el patio después de que callan los perros. Figura de la altura de las rodillas, sombrero y alpargata, o solo aire que mueve cubos y piedras. Remolino, tolvanera o grito raro si alguien maldice cerca. Calentura o «aire de casa» que el h’men quita con ofrenda, no el médico de la esquina. Conclusión CDM Qué se sabe: en Campeche se cuenta al alux como duende de milpa y de casa, diminuto y travieso, que enferma con aire si se le ofende. M. Aranda, cronista de 1985, lo fijó; la etnografía lo sigue en el estado. San Román es el barrio colonial donde esta noche lo recorremos. Qué no puede comprobarse: un acta de un duende exclusivo de Galeana; que la figurilla de Jaina, la isla de las cerámicas, sea ese cuerpo; que el silbido del patio sea otra cosa que el cuento. Lo que queda es el patio de San Román cuando el último perro ya calló y unos pasos que no llegan a la rodilla. El santuario está cerca, pero esa hora es del solar. Registro adicional L031026-04 · El duende de San Román · alux · M. Aranda · David de Ángel García · Román Piña Chan / INAH · Ánima sola Fin del archivo – La Calle del Miedo