TÍTULO: El Tepozteco: una leyenda de Morelos | 091026 AUTOR: Archivista CDM FECHA: 2026-10-09 URL: https://calledelmiedo.com/el-tepozteco/ ================================================================================ Ficha del Archivo Nombre del caso: El Tepozteco (Tepoztécatl, el señor del cerro). Clasificación: L031026-17. Lugar: Tepoztlán, Morelos. Zona específica: Cerro Ehecatépetl —el cerro del viento— y el templo de la pirámide del Tepozteco, sobre el valle. Fecha o periodo: Tradición xochimilca del Posclásico, la época en que Tepoztlán ya era pueblo con templo. Se cuenta que el señor vive junto a la pirámide. El Reto, la fiesta en la que el pueblo lo hace bajar, se representa cada 8 de septiembre. Tipo de fenómeno: Leyenda. Fuentes principales: Omar Moreno, periodista de El Universal, 30 de septiembre de 2022. El Fonógrafo 690 AM, radio de Morelos, 10 de abril de 2020. Diario de Morelos e INAH, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, sobre el Reto al Tepozteco. Cuando el pueblo ya quedó abajo El que sube de tarde no va a buscar un dios. Va a llegar antes de que cierren el acceso, o se le hizo tarde y el pueblo ya se ve pequeño. De Tepoztlán al templo hay más de dos mil metros sobre el mar y casi seiscientos sobre el valle: el sendero parte entre casas y se pone de piedra, de raíz, de tramo donde el pecho pide parar. Abajo quedan el mercado, el convento, el humo de la leña. Arriba el viento tiene corredores, cortes en la base del cerro que la gente señala como si alguien hubiera querido derribar la montaña y se hubiera quedado a medias. A esa hora el valle se apaga por bloques. Primero las laderas, después el fondo. El que camina oye su propia respiración y, cuando para, el silencio no es de iglesia: es de altura. Hay tramos de sombra donde el peñón tapa el sol que ya se va. El templo, cuando aparece, no es grande. Dos cuartos, el vestíbulo, un hueco donde alguna vez quemaron copal, la resina que se ofrece en humo. La fachada mira al poniente. Del pueblo se ve la silueta; desde aquí el pueblo es un puñado de techos. En esa subida se cuenta al señor del cerro, el que se quedó: un hombre de porte de gobernante o de sacerdote, el que tocó el teponaztli —un tambor de palo ahuecado— en la cima y no bajó. Quien oye tambor cuando ya no hay fiesta lo oye ahí. Quien ve figura junto a la base de la pirámide la ve sin prisa, como quien vive en el peñón y no como quien visita. Las marcas de rodilla y de pie, si se buscan en la roca, son de cuerpo: alguien se hincó para hacer el cerro, o alguien quiere que eso se recuerde. El viento entra por los corredores y parece que el cerro respira. El que baja no corre. El descenso de noche es el peligro de todos los días: piedra suelta, el valle negro, el pueblo que todavía no alcanza. Detrás queda el templo. El Tepozteco, si estuvo, no persigue: se quedó en la cima. Abajo, cuando ya hay luz de casa, el que subió no tiene a quién señalar. El cerro sigue encendido un rato, o parece, y luego solo queda la silueta. Fuente del relato Esto no lo inventamos. Omar Moreno, periodista de El Universal, lo publicó el 30 de septiembre de 2022: Tepoztécatl, el señor de Tepoztlán, tocó el teponaztli —el tambor de palo— en la cima, jamás fue visto de nuevo, y en el cerro se señalan las marcas de su rodilla y de su pie; el templo se alzó donde el señor de Tepoztlán se mostró como dios. El Fonógrafo, la radio 690 AM de Morelos, el 10 de abril de 2020 recoge la misma boca: desapareció a los dos años y mucha gente asegura que se fue a vivir junto a la pirámide para el resto de los amaneceres. No hay un testigo con nombre y apellido para esta subida. Aquí se cuenta con más calma el camino de quien llega tarde al Ehecatépetl, el cerro del viento, sin nombre de peregrino y sin un diálogo que esas páginas no dejaron. «Jamás fue visto de nuevo. Dicen que en el cerro es posible observar las marcas de su rodilla y de su pie cuando formó esas montañas. Por esa razón, se construyó un templo donde el héroe, el señor de Tepoztlán y deidad de la localidad, se mostró como divinidad.» Omar Moreno, en El Universal — Conoce la leyenda del famoso Cerro del Tepozteco, en Morelos, 30 septiembre 2022. El señor del viento mira de frente en la vereda, con el templo arriba. La leyenda El Tepozteco es, primero, un cuerpo de cerro: Tepoztécatl, hijo del viento, señor de Tepoztlán, sacerdote de Ometochtli, el Dos Conejo, dios del pulque. Se posó en el Ehecatépetl, el cerro del viento, cuando ya no pudieron alcanzarlo, toca el teponaztli, deja rodilla y pie en la roca. El 8 de septiembre, día del Reto, baja: en Axitla, junto al manantial donde nace el río Atongo, la tradición lo hace bautizar por fray Domingo de la Anunciación, el dominico que en 1538 —año de esa conversión que el pueblo todavía representa— lo metió al agua, y luego lo pone en la plaza a responder a los señores de Cuauhnáhuac, Oaxtepec, Yautepec y Tlayacapan, los pueblos vecinos que venían a retarlo. El resto del año se queda arriba. Quien sube al templo sube a su casa. Lo que hace es habitar: manda el viento de los corredores y recibe ofrenda y petición en la pirámide. En la noche del 7 al 8 de septiembre la base se ilumina y, en palabras del INAH, el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el que representa ya no es actor: es la presencia de Tepoztécatl en el mundo. Quien oye tambor cuando no hay fiesta lo oye ahí; quien ve silueta junto a la piedra la ve sin que lo persiga. No pide carne como Mazacuatl, la serpiente de Xochicalco que el héroe venció desde adentro. Se aparece porque el cerro es suyo y el pueblo lo nombra dueño. Se le teme y se le debe. El miedo no es de persecución: es de faltar al señor del lugar. El cerro cierra, se incendia, el viento corta. Se le cuenta al que llega de fuera y al niño que va a subir. El 8 de septiembre el pueblo entero lo vuelve a ver bajar, ya no como espectro de turismo, sino como el rey que se quedó y todavía contesta. Origen, adquisición o manifestación La tradición no lo hace pacto de brujo. Lo hace nacimiento del viento: una princesa o una doncella de la barranca de Atongo, un pájaro rojo o un aire, un abuelo que no logra matar al niño —hormiguero, maguey, caja en el arroyo— y unos ancianos que lo crían. Vence a Mazacuatl, la serpiente de Xochicalco, desde adentro, con obsidiana. Roba el teponaztli, el tambor de palo. Orina la garganta de Cuernavaca. Se planta en el Ehecatépetl. De ahí no baja del todo: se queda de señor, de sacerdote, de presencia en la pirámide. La conversión de 1538, cuando fray Domingo de la Anunciación lo bautiza, es otra capa, de fiesta, no de receta para volverse él. Prácticas de protección, control o defensa No hay un amuleto contra el Tepozteco porque no es un ser que se espante con ajo. Lo que usa el pueblo es respeto de subida: no se llega de cualquier modo al templo, se ofrenda, se pide, se agradece. En la velación de septiembre hay armas, luz, copal. El que sube de noche sin fiesta se protege del cerro mismo —piedra, viento, hora— más que de una cacería. Faltar al señor es lo que se teme; el remedio es nombrarlo y no tratar el peñón como si fuera solo un mirador. Origen y contexto de la leyenda del Tepozteco De día Tepoztlán es mercado, convento y el cerro encima; el templo se ve como una silueta. Entre 1200 y 1220 los xochimilcas, el pueblo que venía del Valle de México, se asentaron en Tepoztlán y alzaron el santuario de Tepoztécatl en la cima. El INAH, el instituto que cuida los monumentos, describe el templo, el carbón y el copal del vestíbulo, las reformas del siglo XV. Peregrinos de lejos —se dice que hasta de Guatemala— venían por el dios del pulque y de la fermentación. Encima de esa arqueología corre el ciclo del héroe: Atongo, Mazacuatl, el teponaztli, los corredores del aire. Omar Moreno, en El Universal, y El Fonógrafo, la radio de Morelos, lo recogen para quien llega de visita; el pueblo lo tiene en la boca y en el Reto. Cada 7 y 8 de septiembre Tepoztlán junta a la Virgen de la Natividad, la advocación católica de esos días, con el bautizo de Axitla y el duelo de palabras en la plaza. Diario de Morelos e INAH lo documentan como fiesta viva, no como nota de Halloween. El cerro arde, cierra, reabre; el sendero cobra boleto. El señor sigue arriba. Quien pregunta por un fantasma de pirámide se equivoca de historia: esto es dueño de cerro que todavía baja un día al año y el resto se aparece porque no se fue. Interpretaciones y explicaciones a) Explicaciones racionales El templo en la cima y el viento de los cortes de la ladera bastan para que un cuerpo tarde, solo, oiga tambor donde hay eco y vea figura donde hay sombra de piedra. Las marcas de rodilla y de pie en la roca son desgaste, cantera o lectura de un paisaje que ya tenía nombre de héroe. La fiesta del 8 de septiembre fabrica la presencia: un actor, una pirámide iluminada, un pueblo que necesita ver bajar a Tepoztécatl y lo ve. Limitaciones. Eso cubre el eco y la fiesta. No le quita a quien subió el tambor cuando no había representación, ni a El Fonógrafo la frase de que se fue a vivir junto a la pirámide para el resto de los amaneceres. Quien hereda el relato no debate si el INAH midió el templo: debate al que se quedó. b) Interpretaciones culturales El dueño del cerro ordena el territorio: Tepoztlán no se explica sin el peñón que lo mira. El Reto traduce la conquista en teatro náhuatl: el señor se bautiza y convence a los otros; el pueblo conserva al dios bajo el nombre del rey. Subir es pedirle algo. El turismo paga boleto; la ofrenda es otra cuenta, más vieja, que no cabe en el horario de las cuatro. Analogías En los Andes el apu es el cerro que es persona, que recibe ofrenda y que castiga si se le falta. Se parecen en que la montaña no es solo paisaje: tiene dueño. Se distinguen en que aquí el señor tiene historia de héroe —serpiente, tambor, orina, bautizo— y un día del calendario en el que baja a la plaza. En Japón el kami del monte habita la cima y se le deja ofrenda en el santuario. Se parece el respeto de quien sube. No se parece el gobernante que todavía contesta a Cuernavaca en verso. En estas mismas páginas, el nahual es otro asunto: una persona que cambia de piel, no un cerro que se queda. Testimonios y registros Se transmite en Tepoztlán, en la prensa de destinos, en el Reto y en la ficha del INAH. Los patrones que se repiten, cuando el cuento todavía es del señor del cerro y no de un fantasma suelto, son estos: El que sube tarde o se queda encuentra el templo cuando el valle ya está abajo y el viento entra por los corredores. Se oye teponaztli, el tambor de palo, o se ve una figura de porte de señor junto a la base, sin prisa de perseguir. En la roca se señalan rodilla y pie; en septiembre la pirámide se ilumina y Tepoztécatl está presente. El que baja llega al pueblo sin tener a quién nombrar; el cerro se quedó con el dueño. Conclusión CDM Qué se sabe: Tepoztlán tiene templo de Tepoztécatl en el Ehecatépetl, el cerro del viento. La tradición dice que el héroe se posó ahí, tocó el tambor y se quedó a vivir junto a la pirámide. El 8 de septiembre el pueblo representa su bautizo y el reto de los señoríos vecinos. Qué no puede comprobarse: que un cuerpo de gobernante camine la base cuando no hay fiesta; que las marcas de la roca sean de su rodilla; que el actor de septiembre y el señor del cerro sean la misma presencia. Lo que queda es el peñón y un pueblo que le sigue hablando. Quien sube de tarde tropieza con el viento antes que con un espectro. El Tepozteco, si se aparece, se aparece porque no se fue. Registro adicional L031026-17 · Morelos · Tepoztlán · Ehecatépetl · Tepoztécatl · Ometochtli · Reto al Tepozteco · Nahual · Leyendas de México Fin del archivo – La Calle del Miedo