TÍTULO: Timón de Atenas: el hombre que odió a la humanidad | co 29-01-26 | L290126 AUTOR: Archivista CDM FECHA: 2026-01-29 URL: https://calledelmiedo.com/timon-de-atenas/ ================================================================================ Ficha del Archivo Nombre del caso: Timón de Atenas. Clasificación: L290126. Lugar: Atenas, Grecia. Zona específica: Fuera de la ciudad; una higuera en un terreno suyo; la tumba junto al mar, en Halas. Fecha o periodo: Siglo V antes de Cristo. Después lo reescriben Luciano (siglo II) y Shakespeare (hacia 1606). Tipo de fenómeno: Crónica. El hombre que llegó a odiar a la gente. Fuentes principales: Aristófanes, Las aves y Lisístrata. Plutarco, Vida de Antonio y Vida de Alcibíades. Luciano, Timón o el misántropo. Shakespeare, Timón de Atenas. El único a quien aún besaba Atenas, en esos años, no se apagaba. Había asamblea, había teatro, había quien iba al Pireo y quien volvía con rumor de barco. La Guerra del Peloponeso ya había enseñado a la ciudad lo que cuesta un amigo que cambia de bando. Alcibíades era joven entonces, hermoso, con esa fama que hace que la gente se aparte o se acerque según el día. Lo nombraban en la calle. Timón, en cambio, ya no quería la calle. Vivía aparte. No como un ermitaño que busca a un dios, sino como un hombre que ha cerrado el trato. Aristófanes, que escribía para esa misma plaza, lo pintaba con cara de zarza, hijo de las Erinias, alguien que escupe maldiciones a los hombres y se esconde de todo el mundo. El público entendía el chiste porque el tipo ya era proverbio: si decías Timón, decías el que no quiere ver a nadie. Eso no se improvisa en una comedia. La ciudad ya lo tenía nombrado. Aun así, cuando Alcibíades pasaba, Timón salía. Plutarco lo cuenta sin adorno de milagro: el misántropo, que rechazaba el trato de los demás, se alegraba de ver al joven, lo besaba, lo recibía. Apemanto, que era el único a quien Timón admitía a ratos porque se le parecía y le copiaba el modo de vivir, se extrañó. Preguntó por qué aquel y no los otros. Timón no habló de belleza ni de banquete. Dijo que amaba al muchacho porque sabía que iba a ser causa de muchos males para Atenas. Eso es lo que queda de esa pasada. No hay persecución. No hay un tesoro que brille esa tarde. Hay un hombre que ya no da la mano a su ciudad y, de pronto, la da a quien cree que va a romperla. Alcibíades sigue su camino. Timón vuelve a lo suyo. La polis, a lo lejos, sigue haciendo ruido. Fuente del relato Esto no lo inventamos. Plutarco, en la Vida de Antonio, apartado 70, se desvía un momento de Marco Antonio para explicar a quién imitaba el romano cuando se encerró en el mar: un ateniense de la Guerra del Peloponeso, el mismo que ya sale en las comedias de Aristófanes y de Platón el cómico. Ahí están Alcibíades, Apemanto y la frase del mal que vendrá. Aquí contamos esa visita con más calma. No le pusimos un final que Plutarco no dijo. «Aunque evitaba y rechazaba todo trato con los hombres, se alegraba de ver a Alcibíades, que entonces era joven e impetuoso, y lo cubría de besos. Cuando Apemanto se asombró y preguntó la razón, Timón dijo que amaba al joven porque sabía que iba a ser causa de muchos males para Atenas.» Plutarco, Vida de Antonio, 70. Texto inglés de Bernadotte Perrin en LacusCurtius — Life of Antony. La anécdota reaparece, más breve, en la Vida de Alcibíades. La figura Timón no es un fantasma. Es un hombre. En Atenas se volvió el ejemplo de quien llega a odiar a la gente. En las comedias ya tenía mala cara, vivía fuera de la ciudad y maldecía a los hombres de la plaza. Aristófanes, el que escribía esas obras para que el público se riera, no tenía que explicar quién era: si decías Timón, todos entendían. En una comedia las mujeres dicen que odiaba a los hombres, pero a ellas no. En otra, cuando un dios dice que odia a los otros dioses, le contestan que eso es de Timón. El chiste solo funciona si la ciudad ya conoce el tipo. La historia que se cuenta es sencilla. Primero Timón fue generoso: daba de comer, pagaba, creía en los amigos. Cuando se le acabó el dinero, se le acabaron también. Entonces cerró la casa. A veces dejaba entrar a un solo compañero, Apemanto, y aun a ese le decía que estaría mejor sin él. Una vez subió a hablarle a toda la ciudad. Nadie lo esperaba. Dijo que tenía un terreno con una higuera de la que ya se habían colgado varios vecinos, que iba a construir ahí, y que quien quisiera ahorcarse se diera prisa antes de que cortara el árbol. Se le teme porque no pide consuelo. Quien se cruza con él no pierde un órgano ni los años: pierde la idea de que la amistad iba en serio. Atenas usaba el nombre como aviso. El que cree que con banquetes se compra lealtad puede acabar deseando que la ciudad se cuelgue de su higuera. En la tumba, según se contó después, había un letrero: pasa, maldice si quieres, y no te detengas. Origen y contexto de la leyenda de Timón de Atenas El nombre sale primero en las comedias de Atenas, hace unos dos mil cuatrocientos años. Aristófanes lo usa y la gente entiende. O era un hombre de carne, o ya era el dicho del vecino que no quiere ver a nadie. Plutarco, que escribió las vidas de hombres famosos, juntó esas comedias con las anécdotas: Alcibíades, Apemanto, la higuera, y la tumba junto al mar, donde el agua se comió la orilla y dejó el sepulcro sin camino. El mismo Plutarco cuenta que Marco Antonio, derrotado y sin amigos, se encerró en una casa sobre el mar, en Egipto, y dijo que hacía lo de Timón porque a él también lo habían dejado tirado. Luciano, un griego que escribía diálogos con filo, convirtió el dicho en una pieza. Timón cava la tierra, pobre, y se queja a Zeus. Bajo la azada aparece oro. Entonces vuelven los de siempre: los que ayer no lo saludaban. Timón los corre con la misma herramienta con la que cavaba. No es una declaración jurada. Es una burla seria: el dinero vuelve y el hombre ya no sabe usarlo para el bien, solo para que nadie se le acerque. Shakespeare, hacia 1606, leyó a Plutarco y armó la versión que más se representa. Al principio Timón abre la casa y paga deudas ajenas. Cree que el oro compra lealtad. Cuando los cobradores llaman y los amigos se hacen los sordos, invita a una última cena. En la mesa no hay carne. Hay agua tibia y piedras. Les dice, en sustancia, que descubran y laman. Después se va al bosque, cava raíces y encuentra oro. Los mismos que lo dejaron vuelven. Él los maldice y les tira el metal como quien tira una plaga. Muere fuera de escena. Un soldado copia el letrero de la tumba: aquí yace un cuerpo miserable; no busquen mi nombre; yo soy Timón; pasen y maldigan a gusto, pero no se detengan. Más tarde otros escritores usaron el mismo gesto, con otros nombres. Molière, en Francia, escribió El misántropo: un hombre honesto, Alceste, que no aguanta las sonrisas falsas y acaba pidiendo irse al desierto. No es Timón. Alceste todavía discute. Timón ya no. Swift, en Los viajes de Gulliver, deja a su viajero de vuelta en casa, incapaz de soportar a su propia familia. Gulliver no invita a nadie a la higuera. Se aparta. El mote lo puso Atenas. La literatura lo fue llenando de cenas, de oro y de tumbas. Hay que no mezclar. Una cosa es que en la Atenas antigua se hablara de un Timón, hombre o dicho. Otra, la cena de piedras y el tesoro bajo la raíz: eso está en Luciano y en Shakespeare, no en un parte de policía. Aquí se cuentan como lo que son: historias escritas encima del nombre. Analogías Diógenes — también se sale de la ciudad. Uno busca vivir con poco y decir la verdad a la cara. El otro busca que la ciudad se las arregle sola. Diógenes, de día, buscaba un hombre honesto. Timón prefiere no encontrarlo. Licaón — el otro extremo griego: el hombre que deja de ser hombre por un crimen contra los dioses. Timón no cambia de cuerpo. Cambia de bando. Alceste, en El misántropo de Molière — el honesto que no aguanta el salón y sueña con un desierto. Todavía discute. Timón ya no. Gulliver, al volver de sus viajes — Swift lo deja incapaz de soportar a su propia casa. Es la misma náusea con otra historia. Gulliver no invita a ahorcarse. Se aparta. Testimonios y registros No hay un diario de Timón. Hay autores que lo necesitaron. Aristófanes lo da por sabido. Plutarco lo cita para explicar a Antonio. Luciano lo escribe como pieza. Shakespeare lo sube al escenario. Cada uno lo usa para lo suyo: el amigo falso, el dinero que no sirve, la mesa vacía, el romano que se encierra en el mar. Se retira de la ciudad. Si admite a alguien, también le estorba. Ofrece un árbol a quien quiera acabar. Cuando el oro o el favor vuelven, los devuelve como insulto. La tumba queda junto al agua, con un letrero que manda pasar de largo. Conclusión CDM Qué se sabe: Atenas usaba el nombre de Timón para el hombre que odió a los hombres. Plutarco guardó las anécdotas. Luciano y Shakespeare convirtieron esa figura en obra, y Marco Antonio llegó a imitarla en Egipto. Qué no puede comprobarse: el tesoro bajo la azada, la cena de piedras y cada maldición como si fueran un juicio. Tampoco hay una lápida fotografiada en esa costa. Lo que sí queda es el molde: un hombre que dio de más, se quedó solo, y decidió que la ciudad no merecía sobrevivirlo. Quien vuelve a la mesa después de eso ya no busca calor. Busca que el otro se acerque para poder echarlo. Registro adicional Misantropía: el odio a la gente. Más crónicas en Crónicas Oscuras. El lobo de Arcadia, para no mezclar cuerpos, está en Licaón. Fin del archivo – La Calle del Miedo