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En Guatire, una noche, una señora olvidó la vela que debía a las ánimas. Tocaron. Parecía una amiga. Adentro ya no era. El pueblo no dijo susto: dijo ánima sola, la que cobra la luz. No es la mujer encadenada del Calvario.
A Sonia Burciaga le tocó cambiar el vestido de La Pascualita, dos veces por semana, con la cortina corrida. Las manos se le sudaron; vio várices. Salió convencida de que era una persona.
Cuando las de turno se sientan a cenar y vuelven, los medicamentos ya están dados. El de la cama habla de una señorita bien arregladita. Nadie del personal lo hizo.
Claudia Carrillo sacó la moto cerca de medianoche en Nueva Concepción. Iba más tarde de lo normal. Vio una silueta con tacones, no supo si era hombre o mujer, y el cuerpo se le puso raro. Al día siguiente el pueblo ya tenía el nombre: La Taconuda.