La Jorōgumo | L070726
En Jōshu, la música del biwa paró las moscas. El mercader huyó antes de que la seda del jorogumo tocara su tobillo.
En Jōshu, la música del biwa paró las moscas. El mercader huyó antes de que la seda del jorogumo tocara su tobillo.
En Tokio, la kuchisake-onna bajó la mascarilla y preguntó por segunda vez. La estudiante escapó con la tela rasgada en la mano.
En un suburbio japonés, un onryo subió del pozo arrastrando el cabello sobre el rostro. La casa amaneció con manos húmedas en cada puerta.
Durante el velorio, un cadáver salta con los brazos extendidos hasta que el talismán lo devuelve al ataúd.
En una posada japonesa, un viajero ve cómo el cuello de una huésped alcanza el techo mientras se peina.
Después de la última clase, en el patio, alguien llama a la muchacha de la ventana. Lo que baja no tiene de cintura para abajo.
Al anochecer en Corea, un joven reconoce al gumiho por su sombra de zorra y deja el agua sin acercarse.
En Seúl, pasos descalzos, olor a incienso y una figura pálida en el espejo: un gwisin cruzó la noche.
En un kampung de Malasia, una figura aceitosa trepó el muro y dejó la reja brillando con un olor rancio.
En el calor del norte de la India, un pishacha se sentó sobre el pecho y robó el aliento hasta el canto del gallo.
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