La Pascualita: la novia del aparador | L020926
A Sonia Burciaga le tocó cambiar el vestido de La Pascualita, dos veces por semana, con la cortina corrida. Las manos se le sudaron; vio várices. Salió convencida de que era una persona.
A Sonia Burciaga le tocó cambiar el vestido de La Pascualita, dos veces por semana, con la cortina corrida. Las manos se le sudaron; vio várices. Salió convencida de que era una persona.
Cuando las de turno se sientan a cenar y vuelven, los medicamentos ya están dados. El de la cama habla de una señorita bien arregladita. Nadie del personal lo hizo.
Claudia Carrillo sacó la moto cerca de medianoche en Nueva Concepción. Iba más tarde de lo normal. Vio una silueta con tacones, no supo si era hombre o mujer, y el cuerpo se le puso raro. Al día siguiente el pueblo ya tenía el nombre: La Taconuda.
Una noche de otoño en la Ciudad de México, una hoja volante de Posada mostró la calavera garbancera bajo el farol. El traje fino ya no compraba permanencia.
Primero de noviembre, altiplano mexicano: la mesa con agua, pan y cempasúchil ya estaba puesta. Nadie vio cruzar el umbral; todos sabían para quién era.
Samhain en las Tierras Altas: hoguera en el patio, comida en el umbral y caras tapadas para que lo que anda suelto no sepa si eres de los vivos.
Huellas de barro en la cocina, leche agria y un plato de atole vacío al amanecer: señales de que los duendes habían pasado la noche.
En un camino de Yucatán un ciclista oyó ladridos y no vio perro. En el pueblo dijeron que no era animal suelto: era Huay Pek, el perro brujo.
De madrugada un gato negro esperó en el umbral sin ser el de la casa. La mujer no abrió: en Yucatán el Huay Mistún pide paso.
Tras la lluvia un cerdo los miró de pie en mitad del camino. Nadie tiró piedra; en Yucatán eso ya no es solo ganado.
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