La leyenda de la banshee | l16-04-26 | l160426
De noche, en el lugar de la tradición, alguien encontró lo que el pueblo ya había nombrado: la banshee.
De noche, en el lugar de la tradición, alguien encontró lo que el pueblo ya había nombrado: la banshee.
En un camino de Guatemala, un cadejo negro bloqueó el paso y un blanco esperó más lejos para decidir si el borracho llegaba a casa.
De noche junto al río, oyó el llanto de La Llorona antes de ver el vestido. No se acercó. Quedaron huellas húmedas.
En Ocoyoacac, un fraile cruzó el puente contra el sentido; al pasar, el asiento trasero quedó mojado como de río.
Cuando nació el niño, oyeron el caballete del tejado: un relincho, una risa que no venía de la sala. Luego algo empujó por el suelo de listones.
Un hombre rentó la 903 de Francisco Juárez, en Celaya. De noche una niña se le aparecía, le azotaba las puertas y le gritaba que se fuera de su casa.
En la México-Toluca, el GPS reinició y una niña de blanco caminó en el arcén a la velocidad del auto.
Al borde del cenote, copal y trueno abrieron la lluvia sobre el milpero: Chac respondió cuando el pozo pidió respeto. En las Siete Luminarias se cuenta todavía.
Atenas no se apagaba. Alcibíades era joven. Timón, que ya no quería la calle, salió solo para él: dijo que lo amaba porque iba a ser causa de muchos males para la ciudad.
Algo se desprendió del acantilado y cayó sobre la traza. No era piedra: un cuerpo pequeño, pelo negro, antebrazos largos. Lo sujetaron. Le pusieron Jacko.
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