
Ficha del Archivo
- Nombre del caso: El Pukuj, el demonio negro de los Altos de Chiapas, que en tzotzil se ve también como J’ik’al, el negro del camino.
- Clasificación: L031026-05.
- Lugar: Altos de Chiapas, en Chamula y en los parajes tzotziles y tzeltales, los pueblos de esas dos lenguas mayas; el monte entre la cabecera y la casa.
- Zona específica: El sendero de monte de noche, la orilla de milpa, la cueva; también se le pega a torres de iglesia. Esta noche es de camino, no de plaza.
- Fecha o periodo: Tradición viva; etnografía del siglo XX —William Holland, antropólogo que trabajó en Chamula en 1963, Ricardo Pozas, que también escribió sobre ese municipio, y Mario Humberto Ruz, historiador, en 1990— y la síntesis de Alexander Prieto Osorno en el Centro Virtual Cervantes, el 25 de mayo de 2006.
- Tipo de fenómeno: Leyenda.
- Fuentes principales: Centro Virtual Cervantes, Alexander Prieto Osorno, 25 mayo 2006, que cita a Mario Humberto Ruz, Los legítimos hombres (1990). William Holland (1963) y Ricardo Pozas sobre el ik’al de Chamula: silbido, machete, cuerpo de niño negro. Diccionario de la Medicina Tradicional Mexicana, voz pukuj.
El sendero, cuando el silbido no es de gente
Era de noche en el camino de monte que baja de Chamula, la cabecera tzotzil de los Altos de Chiapas, hacia los parajes. El que vuelve de la cabecera carga el machete porque el monte se cierra y no hay farol. Brilla alguna luciérnaga y un perro ladra lejos; el olor a humo de fogón llega sin que se vea la casa. El que camina conoce los trechos. Esta noche un trecho no suena igual. Un silbido viene de arriba, de la loma, demasiado claro para ser viento y demasiado corto para ser gente que llama.
La figura, cuando el ojo la arma, es negra y baja: tamaño de niño de cuatro o cinco años, pantalón y sombrero de ladino —el traje del mestizo hacendado, no el de la comunidad—, ropa sucia, olor que las bocas comparan con cuervo. Trae machete. No es el machete del caminante. Es otro filo, más adelantado en la vereda. Piedras ruedan desde lo alto aunque no haya ganado. El silbido se acerca y se aleja sin que los pasos coincidan. El que va al paraje no le pone nombre de pila a lo que ve. Sabe el nombre de esa hora: j’ik’al, pukuj, el negro que sale cuando el sol ya no cubre.
Queda la regla de no seguir, de no aceptar nada, de llegar a la casa y cerrar. El monte se traga el blanco de la camisa. La cueva, si el rumbo tuerce, queda a un lado como boca. Chamula queda atrás, con la iglesia que también se cuenta como morada, pero esta noche no es de torre: es de sendero. El silbido cesa cuando la puerta de la vivienda ya está cerca. El machete propio sigue en la mano. El otro filo ya no se ve. Adentro, nadie pregunta a quién se encontró. Se entiende.
Fuente del relato. Esto no lo inventamos. Alexander Prieto Osorno, en el Centro Virtual Cervantes el 25 de mayo de 2006, llama al Pukuj demonio maya antiguo y cita a Mario Humberto Ruz, el historiador que en 1990 publicó Los legítimos hombres: señor del inframundo, secretos de brujería, atributos de ladino hacendado, el mestizo dueño de tierra. William Holland, antropólogo que trabajó en Chamula en los sesenta, describió al ik’al tzotzil como hombre negro del tamaño de un niño, machete, silbido peculiar o piedras desde la cima; Ricardo Pozas, que también etnografió Chamula, lo reporta para ese municipio. Aquí la noche es de camino de monte. El caminante no trae nombre de pila porque esas fuentes no se lo dieron.
«El Pukuj o Niwan Winik es el señor del inframundo, poseedor de los secretos de la brujería que en ocasiones puede comunicar a algunos hombres quienes, al ingerir el hígado de los difuntos o el altz’il (aliento vital) de los vivos, adquieren poderes para causar daño por medio de la magia. No deja de ser revelador el hecho de que el Pukuj tenga atributos que permiten identificarlo con un ladino, particularmente un hacendado.»
Mario Humberto Ruz, Los legítimos hombres (1990), citado por Alexander Prieto Osorno en Centro Virtual Cervantes — El Pukuj, 25 mayo 2006.

La leyenda
El Pukuj es el demonio del inframundo en la tradición tzotzil y tzeltal, las dos lenguas mayas de los Altos; J’ik’al —el negro, el negrito cimarrón— es la forma que se le sale al camino. El cuerpo es pequeño y negro, vestido de ladino sucio, el traje del mestizo hacendado, sombrero de ala, machete al cinto. Holland anota el silbido peculiar y las piedras arrojadas desde la loma; el alimento, en las bocas más duras, es carne. Vive en cueva de montaña alta, en torres de Santo Domingo o en la iglesia de Chamula, y de noche pisa la superficie porque el sol ya no guarda a la gente.
Lo que hace es emboscar. Prieto Osorno, el autor que lo sintetizó para el Centro Virtual Cervantes, resume males de vientre seco, hambre, amistad torcida, guerra; Ruz, el historiador, lo pone como dueño de la brujería que algunos hombres compran. En el sendero arrebata, seduce, envuelve, lleva. A la mujer dormida junto al marido se la puede llevar sin que él despierte; al hombre se le ordena cerrar los ojos. En Chiapas se advierte a las embarazadas: a veces les saca el hijo para devorarlo bajo tierra. El pukujetik menor, los demonios chicos de la misma familia, instiga grosería, golpe, abandono. El grande no necesita gritar, porque el silbido basta.
Se le teme porque el monte de noche ya no es el de día, y porque un niño negro con machete de ladino convierte la vereda en frontera con k’atinbak, el inframundo. Quien sale de la choza después del sol se sabe sin la guarda del cielo. El miedo no es el de un cuento de feria: es el de perder el ch’ulel —el alma, el aliento que te hace persona— en un trecho que se caminaba todos los días.
Origen, adquisición o manifestación
El Pukuj no se fabrica en una noche. Ruz, el historiador de Los legítimos hombres, lo describe como señor del inframundo desde siempre, dueño de secretos que a veces pasa a hombres que pagan con hígado o aliento. J’ik’al sale cuando oscurece, de cueva a sendero. El caminante no lo convoca: lo encuentra si el horario es el del demonio. Los hechiceros, en otras regiones, matan animales negros en cementerio para pactar; eso es otro asunto. En esta noche el origen es el propio inframundo que el sol tapa de día.
Prácticas de protección, control o defensa
De día lo cubre el sol y de noche la casa. No seguir el silbido, no aceptar regalo, no desviarse hacia la cueva. En encuentros de otros dueños del camino se enseña a volver la ropa al revés y persignarse; las bocas lo aplican también a esta hora. El j-ilol, el curandero que pulsa y ve, es quien trata el daño si ya ocurrió. Nadie publica un mapa de la cueva para ir a buscarlo. El cuidado que sí se cuenta es no abandonar la choza y no caminar borracho el sendero que Holland, el antropólogo de Chamula, ya había marcado como cacería.
Origen y contexto de la leyenda del Pukuj

Chamula y los Altos de Chiapas cargan una cosmología de cielo e inframundo que William Holland, Calixta Guiteras Holmes —antropóloga que escribió sobre los tzotziles— y Enrique Page Pliego han escrito con nombres nativos. El pukuj es categoría ancha: demonio, ajwalil, hueste. J’ik’al es la forma negra y chica que el caminante puede ver. Prieto Osorno, para el Centro Virtual Cervantes, lo estira hasta Tabasco y Guatemala y lo mezcla con el mito de los cuatro gigantes; Ruz trabajó tojolabales, no solo Chamula, y aun así el señor del inframundo se reconoce. El Diccionario de Medicina Tradicional Mexicana junta pukujetik, j7ik’al, xpak’inte7 y muk’ta pixol como familia de noche.
El encuentro de camino no es biografía de un hombre con nombre. Es lo que la etnografía repite: vereda, borracho o mujer sola, árbol, silbido. Universos Sonoros de los Mayas lo dice en una línea que no necesita testigo: el pukuj silba en la oscuridad, es del color de la sombra. Esta noche se camina esa línea. Sin nombre inventado. Con el machete que Holland ya le había puesto en la mano.
Interpretaciones y explicaciones
a) Explicaciones racionales
- Un niño, un forastero o la propia sombra en el monte, más el silbido de ave o de gente lejana, arman al negro del tamaño errado.
- El miedo a caminar de noche —Holland lo anota como regla— produce el encuentro que confirma la regla.
- El ladino hacendado como máscara del Pukuj ordena el poder real en figura de inframundo; el relato enseña a temer al mando y al monte a la vez.
Limitaciones. Eso explica el aviso de no salir de noche y el monte sin linterna. No le quita al paraje el detalle que se repite: silbido, machete, cuerpo chico y negro, piedras desde la loma. Quien volvió por el sendero no debate si era metáfora del hacendado: debate al filo que no era el suyo.
b) Interpretaciones culturales
- J’ik’al vestido de ladino dice que el demonio entra con el traje del que manda, no con el del paraje.
- Salir de noche es cruzar al turno de los dioses de la muerte; el Pukuj es el horario tanto como el cuerpo.
- Robar el ch’ulel o el feto pega el terror a la reproducción y al alma, no solo al susto del camino.
Analogías
El Silbón de los Llanos venezolanos también anuncia con silbido y se pega a borrachos de vereda; el tokoloshe sudafricano es un ser chico, maligno y de noche; el skin-walker navajo, brujo que tuerce el rumbo de quien camina mal, hace lo mismo en otro desierto. El parentesco es el sendero y el aviso sonoro. La diferencia es el inframundo maya y el machete de ladino: aquí el ente es pukuj, no alma en pena de un hijo parricida.
En La Calle del Miedo, La Llorona es agua y llanto, no silbo de loma. Ánima sola pide misa. El Pukuj no la pide: come, pacta o se lleva. Chamula lo sabe sin folleto.
Testimonios y registros
Se transmite en paraje y en etnografía. Los patrones que se repiten, cuando el cuento todavía es de vereda y no de tratado, son estos:
- Silbido peculiar en el monte, de noche, que no coincide con los pasos de gente.
- Figura negra, baja, vestida de ladino, con machete; piedras que ruedan desde la cima.
- El encuentro es en sendero poco transitado, a menudo de quien vuelve tarde o borracho.
- Se llega a casa sin contar de más; el nombre —j’ik’al, pukuj— se entiende entre los de adentro.
Conclusión CDM
- Qué se sabe: en los Altos de Chiapas se teme al Pukuj y a su forma J’ik’al: demonio negro de cueva y de camino, silbo y machete. Mario Humberto Ruz, el historiador, lo describió como señor del inframundo; William Holland y Ricardo Pozas, antropólogos de Chamula, lo reportan en ese municipio. Alexander Prieto Osorno lo sintetizó en 2006 para el Centro Virtual Cervantes.
- Qué no puede comprobarse: un cuerpo que se pueda fotografiar; que cada silbido de loma sea él; que el caminante de esta noche tenga acta.
Lo que queda es el sendero cuando el sol ya no cubre y un silbido que adelanta un machete que no es el propio. Chamula queda atrás y el paraje, si se llega, cierra la puerta.
Registro adicional
L031026-05 · El Pukuj · J’ik’al · Chamula · Mario Humberto Ruz · William Holland · Alexander Prieto Osorno · Llorona · Ánima sola
Fin del archivo – La Calle del Miedo
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