
Ficha del Archivo
- Nombre del caso: El tlahuelpuchi (tlahuipuchtli, bruja bola de fuego).
- Clasificación: L031026-29.
- Lugar: Tlaxcala. El encuentro se cuenta en el campo tlaxcalteca, con Ixtenco y las faldas de la Malintzi al fondo. Hugo Nutini y John M. Roberts, antropólogos de la Universidad de Arizona, trabajaron esa zona nahua del estado.
- Zona específica: Milpa, vereda entre pueblos, cerro y llanura de noche. En Ixtenco, el territorio yuhmu. Entre medianoche y las tres, según el trabajo de Nutini y Roberts.
- Fecha o periodo: Creencia documentada desde el siglo XVI (fray Juan Bautista, Códice Carolino; Muñoz Camargo en Tlaxcala). Nutini y Roberts publicaron Bloodsucking Witchcraft en 1993, sobre trabajo de campo de los años sesenta. El INAH publicó el especial de Ixtenco el 8 de diciembre de 2025.
- Tipo de fenómeno: Leyenda.
- Fuentes principales: Hugo G. Nutini y John M. Roberts, Bloodsucking Witchcraft, University of Arizona Press, 1993. Jorge Guevara Hernández / Gustavo Abraham Díaz Trejo, INAH — Las brujas entre los Yuhmu de Ixtenco, Tlaxcala. Alfredo López Austin, tlahuipuchtli, «el sahumador luminoso».
La bola sobre la milpa
Cuando el que vuelve de la milpa salió aquella noche hacia Ixtenco, no iba a buscar una bruja. Iba a casa. En el sureste de Tlaxcala, a esa hora, la Malintzi se queda como un hombro negro y el frío de altiplano pega aunque el día haya sido seco. Los caminos entre parcela y pueblo son de tierra, estrechos, y la hoja del maíz —si todavía hay hoja— hace pared. El hombre conocía el tramo. Lo cruza quien dejó el rastrojo, quien viene de un recado, quien no es niño y no carga cuna. No iba a llenar un informe. Iba a llegar.
De lejos vio una bola de fuego, baja, no de relámpago: una esfera que iba como quien recorre territorio, de loma a loma, con una luz que no alumbraba el surco como alumbra un farol. Alfredo López Austin, el historiador que leyó al tlahuipuchtli del siglo XVI, le habría dicho sahumador luminoso: una luz que se mueve como si alguien llevara un sahumerio encendido. El de la vereda no le dijo nada. Se detuvo. La bola bajó hacia la milpa, se apagó a ras de tierra, y en el mismo sitio quedó un guajolote que no debía estar suelto a esa hora. El animal tenía un brillo que el pavo de patio no trae. Un olor a sangre, fino, como el que Nutini oyó en tantas bocas. El guajolote no picó grano. Miró al camino y siguió, pesado, hacia otra parcela.
El hombre no fue detrás a ver en qué casa se metía. No abrió una puerta ajena. Se pegó al borde del surco y dejó pasar. La bola no volvió a encenderse mientras él estuvo ahí. El frío seguía. Los perros de un solar ladraron tarde, cuando el pavo ya no se veía. Esa noche se acaba en la vereda: una esfera, un guajolote, un adulto que no persigue. Al otro día, en Ixtenco, el nombre ya estaba. No se lo sacó él. Lo tiene el pueblo: zine, bruja bola de fuego, tlahuelpuchi cuando la boca es nahua.
Fuente del relato. Esto no lo inventamos. Hugo Nutini y John M. Roberts, en Bloodsucking Witchcraft (1993), describen a la tlahuelpuchi tlaxcalteca que vuela de noche como bola de fuego, guajolote o zopilote, con un brillo y un olor a sangre que la delatan. El antropólogo del INAH Tlaxcala Jorge Guevara Hernández, recogido por Gustavo Abraham Díaz Trejo el 8 de diciembre de 2025, parte bruja bola de fuego y bruja chupasangre entre los yuhmu de Ixtenco: la primera recorre el territorio y espanta; la segunda se asocia a muerte. Lo que sigue es la noche del adulto que ve la esfera o el pavo. Lo de la cuna, cuando el pueblo lo cuenta, va en la leyenda, no en esa vereda.
«En Ixtenco, comunidad ubicada al sureste del estado de Tlaxcala, la ‘bruja bola de fuego’ es asociada con la hechicería, a partir de ello, se cree que posee conocimientos sobrenaturales y adquiere, como nahual, formas animales como la de un guajolote.»
Gustavo Abraham Díaz Trejo, sobre Jorge Guevara Hernández, en INAH — Las brujas entre los Yuhmu de Ixtenco, Tlaxcala, 8 diciembre 2025.

La leyenda
El tlahuelpuchi es, en el rural nahua de Tlaxcala, una bruja —casi siempre mujer, aunque hay bocas de varón— que nace con el don y lo estrena del todo con la primera menstruación. De noche se quita las piernas, brinca el fogón y toma animal: de ordinario guajolote, a veces zopilote, burro que recorre el pueblo, o bola de fuego que vuela de milpa a milpa. Se la conoce por el aura y por el hedor a sangre. López Austin leyó en el siglo XVI al tlahuipuchtli, el sahumador luminoso, esfera en cerro y llanura. Nutini y Roberts la oyeron viva en los años sesenta.
Caza, en el libro de 1993, sobre todo de medianoche a las tres, en frío y en lluvias: diciembre a febrero, junio a agosto. Prefiere, dice esa etnografía, la sangre de infante y de gente de edad. En Ixtenco Guevara Hernández parte dos modos: la bola de fuego que recorre el territorio ancestral y espanta, y la chupasangre que sí se pega a la muerte. Las dos hacen nahualismo. Se le teme porque lo que se pierde, cuando quien cuenta es Nutini, no es un susto de vereda: es un niño que amanece marcado. Eso lo dejó el libro. En la vereda, el miedo cabe en la esfera que baja y en el pavo que no debería estar ahí.
La cura y el género cambian según el pueblo. Entre los yuhmu, yeté es el brujo, zine la bruja, dinyétété el curandero: no es el satanismo del catecismo. El fuego de ella, dicen, no quema como el del hombre; el agua lo apaga. No son dos especies de esfera. Es el mismo don, partido entre Ixtenco y el resto del estado.
Origen, adquisición o manifestación
Nutini y Roberts son claros: el don se trae de nacimiento, no se estudia en un taller. Se revela del todo con la primera sangre. Cada mes, en esa descripción, la tlahuelpuchi brinca tres veces el fogón, norte-sur y este-oeste, se quita las piernas, las deja cruzadas y sale de guajolote; en Tlaxcala, a diferencia de varias bocas de Puebla, el marido puede guardar esas piernas para que ella vuelva. En Ixtenco la bola de fuego es recorrido de territorio, no receta. No hay un método para volverse tlahuelpuchi que se pueda copiar. Hay lo que el antropólogo ya puso en papel.
Prácticas de protección, control o defensa
Entre los yuhmu de Ixtenco, Guevara Hernández anota el agua primero: es el contrario del fuego. Después, sahumar, tomar el brazo derecho, chupar la palma y llamarle por su nombre al espíritu que se encogió con el susto. Cruceros en puertas y ventanas desde las siete de la noche aparecen en las narrativas que el INAH resume. En el libro de Nutini hay tijeras, metal, objetos bajo la almohada; eso es de casa con cuna. En la vereda, la defensa es no seguir al guajolote y no entrar a un solar ajeno a las dos de la mañana. Quien se asusta, bebe agua y busca al dinyétété. Nadie deja aquí una receta para cazarla.
Origen y contexto de la leyenda del tlahuelpuchi

Tlaxcala juntó nahua y yuhmu —otomí de Ixtenco— bajo la Malintzi, el volcán que mira el sureste del estado. Diego Muñoz Camargo, cronista tlaxcalteca del siglo XVI, ya tiene brujas de virreinato. Hugo Nutini, de la Universidad de Arizona, estaba en el campo en los años sesenta cuando el pueblo le dio para un libro que salió en 1993: Bloodsucking Witchcraft, estudio de cómo se explica la muerte chica. Él leyó asfixia, infanticidio encubierto, muerte de cuna. El pueblo leyó bruja. Las dos lecturas conviven sin que haya que inventar un infante para contar la milpa.
El especial del INAH de diciembre de 2025, sobre Guevara Hernández y La diversidad biocultural de Tlaxcala, devuelve Ixtenco al mapa: bola de fuego que espanta, chupasangre que mata, agua contra fuego. San Miguel Canoa, La Resurrección, San Isidro Buensuceso y Papalotla tienen relatos parecidos. Aquí se camina Ixtenco y la milpa, no el mapa entero.
Interpretaciones y explicaciones
a) Explicaciones racionales
- Un fuego fatuo, un farol lejano o un dron de ahora bastan para que el que vuelve de noche nombre la esfera que el siglo XVI ya llamaba sahumador.
- Un guajolote suelto, con el ojo del animal que brilla, explica el pavo del surco sin pedir un fogón ritual.
- Nutini ofreció asfixia accidental y muerte súbita para las cunas que el pueblo cargó a la bruja: el gabinete no cierra la vereda, pero sí disputa el acta.
Limitaciones. Eso explica la luz, el pavo y la estadística de cuna. No le quita a Nutini el olor a sangre que las bocas le dieron, ni a Ixtenco la bola que recorre territorio, ni al de la milpa el brillo que el ganado no trae. Quien hereda el relato no debate si 1993 es un año de universidad. Debate la esfera que baja y se queda en guajolote.
b) Interpretaciones culturales
- El mito pone un dueño femenino al aire de la noche: lo que vuela entre pueblos no es de nadie y por eso se teme.
- En Ixtenco parte el susto del homicidio: no toda bola de fuego es chupasangre, y esa distinción es de yuhmu, no de película.
- Agua y fuego, luna y sol, mujer y calor: la cura enseña el difrasismo mesoamericano —esas parejas de opuestos con las que se piensa el mundo— mejor que cualquier folleto.
Analogías
La bruja europea que vuela y chupa es analogía de gabinete, no genealogía. El aswang filipino toma animal y busca infante; el tlahuelpuchi se distingue por la bola de fuego y por el fogón de Tlaxcala. El nahual cambia de piel para otros trabajos; este, cuando es tlahuelpuchi, tiene hambre de sangre y calendario de frío. No se funden.
El chivo de Mocorito, en Sinaloa, es brujo de corral. El tlahuelpuchi es brujo de milpa y de esfera. Se parecen en la piel prestada. No se escriben como la misma noche: uno se planta en el callejón, el otro cruza el cielo del altiplano.
Testimonios y registros
Se transmite de boca nahua y yuhmu, en Nutini y Roberts, en Guevara Hernández, en López Austin, y en el especial del INAH. Los patrones que se repiten, cuando el cuento todavía es de encuentro de adulto y no de cuna, son estos:
- Es noche de frío o de lluvia, entre pueblos de Tlaxcala, en milpa o loma.
- Una bola de fuego recorre el territorio y baja a ras de surco.
- Un guajolote —u otro animal— aparece con brillo y, en muchas bocas, olor a sangre.
- El adulto no sigue al pavo hasta una casa. Se aparta. Al día siguiente el pueblo ya tenía el nombre.
Conclusión CDM
- Qué se sabe: en Tlaxcala se cuenta la tlahuelpuchi o bruja bola de fuego, que vuela de noche y toma guajolote. Nutini y Roberts lo publicaron en 1993. El INAH, con Guevara Hernández, lo volvió a Ixtenco en 2025: la bola espanta, la chupasangre mata, el agua cura. López Austin leyó al sahumador luminoso en el siglo XVI.
- Qué no puede comprobarse: que la esfera no sea gas o farol; que el pavo no sea de un solar; que el don se traiga de nacimiento. Nutini ofreció causas de cuna que esa noche de vereda no abre. No hay un atestado de milpa. Hay una bola y un guajolote.
Lo que queda es la milpa. Una esfera que baja, un pavo que no debería estar suelto, y la decisión de no seguirlo hasta ninguna puerta. Quien llega a casa por el borde del surco ya entendió cómo se porta: el tlahuelpuchi no siempre entra. A veces solo cruza, y basta.
Registro adicional
El tlahuelpuchi · tlahuipuchtli · Ixtenco · Yuhmu · Nutini · Roberts · Guevara Hernández · INAH · Tlaxcala · L031026-29
Fin del archivo – La Calle del Miedo
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