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El lado norte del Jardín de San Marcos, cuando las bancas ya no tienen gente y el templo todavía no abre. Un hombre se detiene en los rosales, llega a la puerta de la iglesia, reza unos minutos y la puerta queda vacía.
El velador cerraba el portón a las doce cuando una mujer de negro se metió al Diezmo. Al alcanzarla, los pies no tocaban el piso.
La tarde del 17 de mayo de 1978 la radio dijo que al Carmen llegaba una mujer encadenada. Se formó valla en Allende. Muy pocos la vieron entrar. Nadie la vio salir.
Isaías subió la loma a las nueve, se sentó bajo el árbol y le dijo buenas noches a una mujer de negro. No contestó. Siguió hacia las oficinas del Obispado y se desvaneció delante de la banca.
A las once, con luna, el topil volvía de Yaée cuando una mujer de blanco lo llamó José María. La siguió al breñal. Bajo la falda tenía patas de guajolote, se rió de su rezo y lo dejó para el alba.
Valenciana de noche: el minero se queda tras el relevo a buscar el resto del filón, la lámpara se apaga y de las galerías que ya no se trabajan vienen golpes. Algo chico le cruza el socavón. El filón no aparece. El ruido, sí.
Cuando el manglar tapó el hotel, el agua de la Laguna del Amor estaba quieta. Quien se metió no tenía nombre en las guías: solo la piel extraña, una mujer en el vaso, y el recelo de salir sin ser del todo el de antes.
Agosto en Mocorito. El que cierra el corral sale al callejón porque las gallinas no callan. En el paso hay un chivo demasiado alto, demasiado quieto, con mirada que no es de ganado. No bala. El hombre le da la orilla. Cuando mira atrás, el callejón está vacío.
Noche en Álamos. Quien cruza el empedrado frente a las Delicias ve en el balcón a una mujer de vestido de novia. Baja por el lado de servicio y camina al panteón de enfrente. No habla. El que iba a casa sigue de largo.