La Njuzu | L100726
Junto al lago Malawi, un canto llamó desde el agua. El pelo del Njuzu se enredó en su tobillo antes de que pudiera huir.
Junto al lago Malawi, un canto llamó desde el agua. El pelo del Njuzu se enredó en su tobillo antes de que pudiera huir.
En el Atlas tunecino, una flecha volvió del bosque con la punta torcida. Una Aziza le dijo que el monte no era suyo esa noche.
En un pueblo ashanti, una sombra ovalada y brillante cruzó el patio mientras la vecina dormía. Al amanecer, el niño del barrio seguía sin fuerzas.
En el bosque de Ghana, una rama bajó sin viento. Del follaje colgaban ganchos, colmillos y la boca del asanbosam.
En KwaZulu-Natal el cielo chasqueó sin tormenta. Una gallina negra silbó como rayo y al amanecer las aves del corral yacían quemadas por dentro.
En una boda del Deccan, un pariente tardío comió solo carne. Su sombra mostró cuernos antes de desaparecer con olor a rakshasa.
El 1 de diciembre de 1948, en Somerton Beach, encontraron un hombre sin identidad y un papel que decía Tamám shud.
Entre ruinas romanas del Magreb, una voz de brasas ordenó salir. Al amanecer, una losa llevaba la huella quemada del ifrit.
En Kairuán, una cabra se alzó sobre dos patas al atardecer. El boussa golpeó el redil toda la noche sin romper el cerrojo.
En Durban, algo caminó al nivel de la cama. Al amanecer, el cubo de agua tenía un pelo largo y el aire olía a tikoloshe.
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