La endemoniada de Celaya | L100926-1
La tarde del 17 de mayo de 1978 la radio dijo que al Carmen llegaba una mujer encadenada. Se formó valla en Allende. Muy pocos la vieron entrar. Nadie la vio salir.
La tarde del 17 de mayo de 1978 la radio dijo que al Carmen llegaba una mujer encadenada. Se formó valla en Allende. Muy pocos la vieron entrar. Nadie la vio salir.
Isaías subió la loma a las nueve, se sentó bajo el árbol y le dijo buenas noches a una mujer de negro. No contestó. Siguió hacia las oficinas del Obispado y se desvaneció delante de la banca.
A las once, con luna, el topil volvía de Yaée cuando una mujer de blanco lo llamó José María. La siguió al breñal. Bajo la falda tenía patas de guajolote, se rió de su rezo y lo dejó para el alba.
Valenciana de noche: el minero se queda tras el relevo a buscar el resto del filón, la lámpara se apaga y de las galerías que ya no se trabajan vienen golpes. Algo chico le cruza el socavón. El filón no aparece. El ruido, sí.
Cuando el manglar tapó el hotel, el agua de la Laguna del Amor estaba quieta. Quien se metió no tenía nombre en las guías: solo la piel extraña, una mujer en el vaso, y el recelo de salir sin ser del todo el de antes.
Agosto en Mocorito. El que cierra el corral sale al callejón porque las gallinas no callan. En el paso hay un chivo demasiado alto, demasiado quieto, con mirada que no es de ganado. No bala. El hombre le da la orilla. Cuando mira atrás, el callejón está vacío.
Noche en Álamos. Quien cruza el empedrado frente a las Delicias ve en el balcón a una mujer de vestido de novia. Baja por el lado de servicio y camina al panteón de enfrente. No habla. El que iba a casa sigue de largo.
Noche en la ribera del Grijalva. El que vuelve oye un chiflido de niño que no es niño. La vereda se tuerce y el río parece cambiársele de lado. Se pone la camisa al revés, no responde, camina contra su huella. El manglar se queda con la voz.
El puente ya tenía el río encima. Juan dio el tercer paso, se le fue el corazón a los pies y el agua se lo llevó. Meses después don Galdino le dijo que la Sihuamichi tenía su sombra en ese mismo tramo.
Madrugada en la colonia Hidalgo, Reynosa. Gilberto Alanís se despierta porque un llanto de mujer grita tan cerca que parece que le hablan. No sale. Al día, la esposa y los hijos dicen haber oído lo mismo. El Bravo está a un tramo.
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