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Medianoche de invierno en Durango: Arturo Lugo, el director de orquesta, cruza la ciudad o un puente hasta la calle del Caserón. Adentro hay baile y una comadre que ya había muerto. En la puerta, el anfitrión tiene pata de caballo y pata de cerdo.
Jardín de la Casa del Cerro, cuando el museo ya cerró: Torreón brilla abajo, la escalera de cien años rechina adentro y una mujer de blanco pasa entre los árboles como si el jardinero todavía trabajara.
Suchitlán de noche, el volcán tapando el cielo, y los militares buscando a Gorgonio Avalos entre el empedrado y el monte. Cuando lo tenían encima ya no era el de la plaza: era burro, era picho, y el pueblo se quedaba sin hombre.
Canal de Teshuilo, de noche: la trajinera deja las luces, las muñecas cuelgan del palo con un ojo solo y el agua negra pega en el borde donde una muchacha se ahogó y donde don Julián cayó.
Barda de Juárez, de noche: el ujú pasa el techo de lado a lado, los perros ladran como si hubiera gente y una cabeza blanca gira más de lo que un cuello debería. Nadie abre la cortina.
Camino de monte, de Chamula al paraje, cuando el sol ya se metió: un silbido de loma que no coincide con los pasos, piedras que ruedan, un cuerpo negro del tamaño de un niño y un machete que no es el del que camina.
Patio de San Román, después del último perro: pasos cortos en el corredor, un silbido a la altura de las rodillas, el cubo que se mueve solo y el aire de la entrada que ya no parece de la casa.
Mesa Francia de noche: las oficinas de El Boleo, el hospital a oscuras, el muelle golpeando el golfo. En el pasillo de planos una mujer camina como si hubiera director y, al volver la cara, el edificio queda vacío.
Las curvas de La Rumorosa, de noche: el viento entre las piedras, una mujer de blanco al borde que ya va sentada al lado, muda, y el asiento que se vacía frente al panteón sin que se haya abierto la portezuela.